Y bueno, si siempre supe que el gusto por escribir una que otra cosa podría haber sido herencia familiar, el dejar constancia de ciertos episodios vividos parece ser directamente una costumbre que, sin saberlo, copié a mi viejito, de quien cada vez que ordeno su biblioteca encuentro documentos estilo bitácora que cuentan parte de su esencia, esa que necesito absorber ahora que partió.
Por una parte me siento a ratos invadiendo la privacidad de mi padre al leer algunas de sus memorias, sin embargo, es mi forma de empaparme de él, algo que me alivia parte importante del dolor que me mantiene en ascuas desde que no lo tengo a mi lado.
¿Quién diría que a través de esos cuadernillos conocería más detalles de su vida hace medio siglo atrás?
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